Cincuenta años después de su muerte, el nombre de Agustín Tosco sigue encendiendo una llama en la memoria obrera argentina. Electricista, sindicalista, preso político y referente de un sindicalismo profundamente democrático y combativo, fue una de las figuras centrales del Cordobazo, aquella insurrección popular que marcó el principio del fin de la dictadura de Onganía.
El 29 de mayo de 1969, Tosco ,entonces secretario general del gremio de Luz y Fuerza y dirigente de la CGT de los Argentinos en Córdoba, marchaba al frente de una multitud. Desde la esquina de Colón y General Paz, su voz grave dio inicio a una de las jornadas más recordadas del movimiento obrero argentino. Miles de trabajadores y estudiantes se unieron bajo la consigna que sintetizó una época: “¡Obreros y estudiantes, unidos, adelante!”
Aquella huelga de 36 horas, coordinada junto a Elpidio Torres (SMATA) y Atilio López (UTA), derivó en un estallido social cuando la represión policial mató al obrero Máximo Mena. Las calles de Córdoba se convirtieron en escenario de una rebelión popular. El Cordobazo no solo quebró el poder del régimen militar, sino que dio forma a una nueva conciencia política y sindical.
Un país en espejo: ayer y hoy
El disparador del Cordobazo fue una medida laboral impuesta por la dictadura que sumaba cuatro horas semanales de trabajo. Medio siglo después, Córdoba vuelve a ser escenario de otra paradoja un gobierno elegido por una mayoria de la provincia amenaza con impulsar una ley que aumenta la jornada laboral.
Nuestras tierras cordobesas, hoy marcadas por un perfil conservador, surgieron en su momento algunos de los hitos más avanzados del sindicalismo argentino: los programas de La Falda y de Huerta Grande, antecedentes directos de la CGT de los Argentinos, y la Tendencia Revolucionaria del peronismo, junto con dirigentes clasistas como René Salamanca, de Sitrac-Sitram.
El sindicalismo de liberación
Tosco concebía el sindicato como una herramienta no solo gremial, sino también política. Desde su perspectiva, la lucha obrera debía ser parte de un proceso antioligárquico y antimperialista. Por eso, su alianza con Raymundo Ongaro, titular de la CGT de los Argentinos, fue mucho más que una estrategia sindical: ambos impulsaron la idea de un “sindicalismo de liberación” frente a la burocracia sindical que representaban figuras como José Ignacio Rucci.
Esa posición le valió persecución. Preso bajo las dictaduras de Aramburu y luego de Onganía, Tosco fue condenado por un tribunal militar a ocho años de cárcel tras el Cordobazo. Pasó por las cárceles de Córdoba, Devoto y Rawson, y allí fue testigo de la célebre fuga de los jefes guerrilleros en 1972. El propio Roberto Santucho, del ERP, le ofreció escapar con ellos, pero Tosco se negó: “Mi lugar de lucha está acá”, respondió.
Entre la política y la clandestinidad
Ya libre, participó en 1973 de la creación del Frente Antimperialista y por el Socialismo (FAS), promovido por el PRT-ERP y otras fuerzas de izquierda. Santucho le propuso ser candidato presidencial del Frente, pero Tosco se negó nuevamente: enfrentar electoralmente a Perón, dijo, era oponerse a la mayoría de los trabajadores. Esa decisión lo consolidó como una figura de enorme respeto incluso entre quienes no compartían su orientación política.
Austero, sin abandonar su puesto de trabajo como electricista, Tosco era respetado tanto por su coherencia como por su frontalidad. Sus debates públicos con Rucci, uno de ellos televisado, mostraron con claridad el choque entre dos concepciones del sindicalismo: una vertical y burocrática, otra democrática y popular.
Persecución y muerte en la clandestinidad
El golpe policial conocido como el Navarrazo en 1974 , que derrocó al gobernador Ricardo Obregón Cano, afín a la Tendencia Revolucionaria, marcó el comienzo de una caza de brujas en Córdoba. Intervinieron el sindicato de Luz y Fuerza y Tosco pasó a la clandestinidad.
Hincha de Belgrano, se ocultó durante meses en las sierras cordobesas. Según el testimonio del futbolista Rodolfo Cuéllar, logró evadir controles policiales gracias a la solidaridad de sus compañeros. Enfermo, viajó a Buenos Aires y contrajo encefalitis bacteriana. La persecución le impidió recibir atención médica adecuada. Murió el 4 de noviembre de 1975, con apenas 45 años.
Un pueblo que lo despidió bajo las balas
Sus compañeros lograron trasladar el cuerpo a Córdoba, donde fue velado en el club Redes Cordobesas. Pese al peligro, más de 20 mil personas desafiaron el terror parapolicial para despedirlo. Francotiradores apostados dispararon contra la multitud. Ante el riesgo de profanación, su féretro fue escondido y luego enterrado en el panteón de la Unión Eléctrica.
Tosco murió perseguido, como Atilio López , asesinado por la Triple A, y el hijo de Ongaro, víctima de la misma violencia. Pero su legado sobrevivió incluso a las dictaduras.
La memoria como chispa
Córdoba, la provincia de la Reforma Universitaria y del Cordobazo, entró tras su muerte en un ciclo oscuro bajo la represión de Luciano Benjamín Menéndez. Sin embargo, en el rincón del panteón de los electricistas aún brilla esa chispa que Tosco encendió. La llama persistente de la justicia social, la dignidad obrera y la esperanza de una patria verdaderamente libre.











